La Tragedia de Bhopal

 

Con sus lagos centelleantes, sus palacios y sus mezquitas, Bhopal era conocida como “la Bagdad de la India”. Pero en 1984 se dio a conocer al mundo por una tragedia que resultó ser la mayor catástrofe industrial de la historia. Una fuga de gas tóxico de la fábrica de pesticidas de la multinacional Union Carbide afectó a medio millón de personas y causó treinta mil muertos.

Los responsables de esa tragedia nunca han sido llevados frente a los tribunales. Las víctimas han cobrado sumas irrisorias como indemnización. Los supervivientes siguen luchando para que un día se haga justicia.

Algunas de las personas que aparecen en estas fotografías:

Noor Jehan Ara, maestra de una madraza, después de la tragedia lavó cientos de cadáveres de musulmanes según exigen sus ritos, antes del entierro.

La hermana Christopher, monja escocesa, encargada de un centro de acogida de niños discapacitados mentales. Se ocupó de los huérfanos de la noche fatídica.

El Dr. Satpathy, médico forense, mandó fotografiar a las víctimas para ponerles un número y facilitar así que los familiares supervivientes pudiesen reconocerlas.

Raju, el gallo de pelea del “padrino” de Bhopal, Munne Baba, con su cuidador Deen Mahamad. El domingo 2 de diciembre de 1984 se celebró una pelea de gallos en el centro de la ciudad. El vencedor fue un gallo propiedad del “padrino”. Por la noche, cuando el barrio entero salió huyendo para escapar de la nube tóxica, el “padrino” se dedicó a salvar a sus vecinos y en sus esfuerzos se olvidó de su campeón, que murió asfixiado.

La dinastía de aquellas reinas, las begum, no se ha extinguido del todo. Aún hoy, en la penumbra de las antiguas caballerizas del palacio transformadas en mansión, podemos encontrar a la begum Rachid hablando con su hija Nilofar Khan y su nieta Farah. Conversan, como podrían haberlo hecho desde un tiempo indefinido. Pasan horas perdidas recordando anécdotas a través de las que se vislumbra cómo fueron aquellos años dorados de la nobleza india en los que se rendía homenaje al poder de los marajás y los grandes nababs.  

 

Javier Moro